En cualquier diccionario biográfico puede encontrarse que Mariano Otero y Mestas nació el 4 de febrero de 1817 en Guadalajara, Jalisco, y murió víctima del cólera el 31 de mayo de 1850 en la Ciudad de México. Realizó sus estudios en el Instituto del Estado de Jalisco, donde obtuvo el grado de bachiller en Derecho Civil y, a los 18 años, después de ser examinado por un grupo de expertos, fue habilitado como abogado.
Contrajo matrimonio con Andrea Arce Garibaldo, a quien llamaba cariñosamente Chatita, y con quien tuvo nueve hijos. Fue diputado al Congreso Constituyente de 1842 y al Congreso de 1846-1847; senador de la República y presidente del Senado. Además, ocupó la alcaldía del Ayuntamiento de la Ciudad de México, fue ministro de Relaciones Interiores y Exteriores y vicepresidente del Ateneo Mexicano.
Brasil Acosta Peña y Enrique Ibarra Pedroza son dos brillantes mexicanos que tienen varias cosas en común. Ambos han sido legisladores, se formaron en la vida académica de Guadalajara, aman a su país y son profundos conocedores de la vida y obra de Mariano Otero. El primero es un destacado economista, con estudios en Princeton e integrante del Movimiento Antorchista; el segundo es abogado, maestro en Derecho Electoral y actual presidente de El Colegio de Jalisco, la prestigiosa institución con sede en Zapopan que genera conocimiento de alta calidad.
Hace unos días, Ibarra Pedroza, amigo de muchos años, me obsequió Mariano Otero. Académico, político y jurista, publicado por Ediciones Cal y Arena. Se trata de un estudio sobre este intelectual del siglo XIX. Entre sus páginas destaca el párrafo en el que Otero, desde Querétaro, escribe a su esposa en una carta de 1848:
“A las tres cuartos para las tres se pronunciaron los últimos votos que separan para siempre de nosotros la mitad del territorio de la República. A pesar de que este resultado era muy fácil de prever, me produjo una sensación profunda. Yo creo, hija, que hemos firmado la sentencia de muerte de nuestros hijos. Al menos, si mis tristes presentimientos se realizan, el día que ellos se encuentren sin patria y formando una patria de proscritos, no tendrán el desconsuelo de ver mi nombre entre los que decretaron esta paz”.
En esos días, los gringos nos arrebataban por la fuerza desde Texas hasta California.
México, como muchos otros países, siempre ha estado en la mira de las potencias que forjaron su prosperidad mediante el expolio, la esclavitud y el despojo de territorios. En los años de la injusta invasión que sufrió nuestra nación, los vecinos buscaban “espacio” para cumplir su destino manifiesto y mantenían uno de los sistemas de explotación más crueles sobre la población afrodescendiente, cuya mano de obra llegaba en oleadas para impulsar su naciente economía. En México, esa práctica había sido prohibida décadas antes.
En estos días de gobiernos “chacalones”, no sobra un poco de historia y la del siglo XIX resulta fundamental para entender el presente. Para profundizar en la obra de Otero, son imperdibles los textos publicados por Enrique Ibarra Pedroza y Brasil Acosta Peña. Este último, bajo el sello editorial de la Cámara de Diputados, reunió las obras completas de aquel joven que, desde Querétaro, lamentaba el destino de México.

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