En el siglo XX se vivió una de las tantas locuras que son propias de la humanidad. Sin embargo, hay claras diferencias que vale la pena señalar, pues la magnitud de lo que conocemos como la Segunda Guerra Mundial no tiene precedentes en el número de víctimas y violaciones a los derechos humanos.
La saña no fue una actitud exclusiva del ejército de Adolfo Hitler o de las otras potencias del Eje, que, como Japón, realizaron actos de barbarie en China y las islas del Pacífico. También entre los Aliados hay destacados casos de crueldad; los ejemplos más crudos son el uso en dos ocasiones de la bomba atómica, que causó la muerte de miles de no combatientes, y la venganza de las tropas soviéticas contra la población civil alemana, en especial contra las mujeres.
La razón impone la obligación de reflexionar para entender la locura que puede llevar a conflictos armados de esa magnitud y a los Estados a tomar decisiones tan estúpidas como la “solución final”. Por desgracia, hay fuerzas que se oponen a la paz y a la sana convivencia, y, por lo tanto, al ejercicio de hurgar en el pasado para tener un mejor futuro. A ellas se suma el populismo de todos los colores y sabores que finca su éxito en atacar al prójimo.
En las librerías, hay cuatro textos para esa reflexión. Dos más o menos recientes y el resto con algunos años encima. Hay un factor común en ellos: el nazismo como enemigo de la libertad y peligro para la democracia. En varios, además, la indolencia de los políticos para frenar el ascenso de Hitler y la participación de las oligarquías en el respaldo al sanguinario personaje. Eso sin contar con la relativa facilidad con la cual los locos llegan a gobernar.
Johann Chapoutot, profesor de historia en la Universidad de París-Sorbona, es el autor de Irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?, publicado en Alianza Editorial y en cuya contraportada se lee: “Lejos de ser un desenlace inevitable, el ascenso de Hitler al poder fue el resultado de las acciones conscientes de unas élites políticas, económicas y militares que, cegadas por sus propios intereses, creyeron poder manipular al nazismo y plegarlo a su voluntad. No hubo fatalidad histórica ni procesos imparables: fueron decisiones concretas, tomadas por personas concretas, las que franquearon el camino al desastre. Von Papen, Hindenburg, Hugenberg o los industriales Krupp y Thyssen apostaron por una alianza peligrosa que terminó devorándolos”.
Éric Vuillard, en Tusquets Editores, publica El orden del día, donde de manera magistral relata el ascenso del dictador germano y la participación de los principales empresarios de aquel país. Usted y yo seguimos consumiendo los productos de aquellos asesinos y, para ello, vea usted la lista de empresas que pactaron con el cabo austriaco: BASF, Bayer, Agfa, Opel, IG Farben, Siemens, Allianz y Telefunken, entre otros. A los herederos de esos santos señores creo que les preocupa poco el genocidio que facilitaron.
En Regreso a Birkenau se narra cómo, a sus 94 años de edad, Ginette Kolinka vuelve al campo de exterminio al que fue enviada en 1944. En la sinopsis del libro se lee: “Ese regreso al campo despierta en la autora una reflexión sobre qué recordamos y cómo recordamos, de qué manera construimos nuestra historia y de qué manera las generaciones posteriores se apropian de ella”.
Simone Veil, a quien no hay que confundir con Weil, entre muchas otras cosas, fue presidenta del Parlamento Europeo, miembro de la Academia Francesa y ministra de Asuntos Sociales, Sanidad y Urbanismo, y también estuvo presa en el campo de Auschwitz-Birkenau, donde, por cierto, conoció a Ginette. En el texto se aborda la suerte de 75 mil judíos deportados de Francia, de los cuales regresaron poco menos de 3 mil. Gracias a la Fundación por la Memoria de la Shoah podemos conocer la obra Solo la esperanza calma el dolor y reflexionar sobre algunas de las preguntas que hay que responder para conseguir la paz.
En la primaria participé y triunfé en un certamen de oratoria; era 1974 o 1975. Mi discurso se llamaba “La paz mundial”. Me inspiraba aquella frase de “Amor y Paz” que recorría el planeta. Cada día me convenzo más de que, por lo general, las guerras son estúpidas y las provocan personajes estúpidos, muchos llenos de perversiones psicológicas o de una ambición monetaria. Me queda claro que el mundo se habría ahorrado millones de vidas si algunos de estos orates hubieran acudido al diván o a los chochos de un reconocido médico psiquiatra.

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