El que manda vive enfrente/Rubén Moreira/Artículo

Redacción

De las primeras pláticas de mis mayores, recuerdo la historia del efímero gobierno de Pascual Ortiz Rubio. En mis estudios profesionales era poco atractivo adentrarse en el gobierno de un hombre que era conocido como “el nopalito”. La figura de Cárdenas y sus epopeyas hacían palidecer las administraciones de sus antecesores: Portes Gil, Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez. 

En contra del general e ingeniero, que nació en Michoacán, jugaba mi admiración por José Vasconcelos. El “maestro de América”, que en su infancia vivió en Piedras Negras, compitió sin éxito contra quien fue el primer candidato del Nacional Revolucionario, el partido que salió de la mente de Calles después de la muerte de Obregón. La historia oficial no lo dice, pero es evidente que al maestro sonorense le hubiera encantado quedarse en el poder. Sin embargo, tuvo una idea más elaborada que una abierta dictadura: se diseñó un partido y postuló no un incondicional, sino a alguien que pensó bastante débil como para manejarlo.  

Hay que aclarar: 1. Ortiz Rubio no era tan dejado como se dice, y 2. El partido, por otras razones y actores, se convirtió en una institución que tuvo notable éxito y le dio al país estabilidad, viabilidad y crecimiento. Guste o no guste, con él se concretaron la mayoría de los postulados de la revolución.

En una librería de Morelia y después de ir a un pecaminoso mercado de dulces, encontré en una edición de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo las memorias de Pascual Ortiz Rubio; las guardo con especial cuidado, son difíciles de conseguir. La primera lectura la hice la noche del día del hallazgo bibliográfico y desde entonces cambió mi opinión sobre aquel hombre que con mucha dignidad no aceptó ser comparsa del “Jefe Máximo”. 

En el texto, hay páginas que relatan su formación, los días de sus primeras incursiones políticas, la Revolución y la danza de maniobras que significaban los días del movimiento triunfante y que podían llevar a los más avezados a una ejecución en un paraje desierto, como la que padeció Francisco Serrano, o a una muerte “sorpresiva” como la de Benjamín Hill. 

Su gobierno inició con un atentado del cual salvó su vida de “milagro”. De allí en adelante tuvo que hacer piruetas políticas y fuerza estomacal para aguantar desde “recomendados” hasta desaires. En varias ocasiones riñó con subalternos y despachó varios a su casa, provocando la ira de Plutarco. Batalló, entre otros, con Portes Gil, tamaulipeco, Pérez Treviño, paisano, ateneísta y diestro político, y Carlos Riva Palacio, mexiquense y, como los otros dos, callista de cepa. 

“Me convencí de que, o acudía a la violencia para imponer mi autoridad o renunciaba… resolví lo segundo, porque dado los elementos con que contaba…se podía provocar una nueva guerra civil”.

Así terminan las memorias. Faltarían unos años para que se impusiera un principio: el presidencialismo es incompatible con el Maximato.

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