Imprudencias fatales

Redacción

Por: Lupita Rodríguez Martínez

Si bien la cultura de la protección civil en nuestro país se origina a partir del sismo del 19 de septiembre de 1985 en la Ciudad de México, amarga lección que aprendimos en Nuevo León el 16 y 17 de septiembre de 1988 con el huracán Gilberto, por lo que promover esta cultura de la corresponsabilidad social desde la niñez es una tarea permanente.

Por mandato constitucional y de Ley de Protección Civil, los gobiernos federal, estatal y municipal son responsables de coordinarse en el Sistema Nacional de Protección Civil, para prevenir los riesgos generados por los fenómenos naturales y por las actividades humanas, mediante la aplicación de políticas, planes, programas, estrategias y recursos que sean necesarios para salvaguardar la vida, la salud y el patrimonio de las personas.

Durante tres décadas y media el reto ante cada contingencia ha sido lograr el saldo blanco; es decir, sin pérdida de vidas humanas, ni lesiones a la integridad física de las personas, ni daños a su salud, ni a sus bienes, así como impedir afectaciones a la planta productiva y a la prestación de servicios públicos, además de evitar daños materiales y al medio ambiente.

Exitosamente en muchas ocasiones los cuerpos de protección civil han logrado garantizar tales objetivos frente a los estragos de los desastres naturales. Sin embargo, en otras ocasiones se han seguido registrando víctimas mortales por desconocimiento, desinformación o imprudencias, tal y como lamentablemente ocurrió con las lluvias de este fin de semana y de la pasada.

A pesar de profusas y amplias campañas preventivas a través de los medios masivos de comunicación y de las redes sociales, para alertar sobre los riesgos de las recientes precipitaciones, no solamente para cruzar los puentes de arroyos o de ríos, sino las propias calles y avenidas, ya que la fuerza de la corriente del agua podría arrastrar a peatones o automóviles, hubo imprudencias fatales que mancharon el saldo blanco.

Independientemente de que estemos expuestos a sufrir emergencias naturales, nunca debemos de olvidar ni dejar de aprender que vivimos en una zona extremosa, ya sea de sequía o de lluvia intensa, ya sea de frío o de calor.

Esta característica nos obliga a adaptarnos siempre a la naturaleza y a poner en práctica la supervivencia, más aún cuando llevamos dos años y medio de sobrevivir a la pandemia del Covid-19 y de padecer la peor sequía que generó una crisis de agua casi equiparable a la pandemia.

Estas lecciones de vida nos enseñan a responder corresponsablemente y a estar muy atentos a las acciones de alertamiento de las autoridades, así como a los planes de emergencia, de seguridad, búsqueda, salvamento y asistencia por las estaciones de radio, canales de televisión y plataformas digitales.

Una medida muy atinada fue suspender con anticipación las actividades escolares y laborales no esenciales. Son previsiones y providencias que ayudaron a salvar vidas y evitar mayores daños patrimoniales, los cuales son muy dolorosos para las familias, pues implican un largo tiempo de espera para ser evaluados, autorizados y repuestos.

También resulta benéfica la captación de agua en los embalses de La Boca, El Cuchillo y Cerro Prieto, que ayudará a saciar la sed de la población del área metropolitana de Monterrey, así como para sacar adelante los nuevos proyectos hídricos a corto, mediano y largo plazo.

Así como la cultura de protección civil llegó para quedarse, con mayor razón debemos reforzar la cultura del cuidado del agua. El agua no es finita y los científicos prevén que la crisis del vital líquido será de mayor persistencia e impacto para toda la humanidad en unos años más.

Para aprender las lecciones de estas nuevas crisis debemos considerar el calentamiento global o cambio climático, que incluso ha alterado a los fenómenos naturales, admitir además la falta de respeto a la cultura de la sustentabilidad del planeta, la cual necesitamos arraigar en todas aquellas acciones que fortalezcan el cuidado del medio ambiente.

La campana sonó para que los sectores público, privado y social hagan lo que les corresponde, especialmente corregir el mal diseño urbano debido a las ambiciones de los desarrolladores y a la corrupción de las autoridades, que dieron permisos a diestra y siniestra para convertir la ciudad en una plancha de cemento y concreto y, por lo tanto, en una zona de inundaciones cuando llueve, al tapar cauces de ríos, arroyos, cañadas y desaparecer áreas verdes.

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