No se calienten, planchas. El título del artículo es el del libro publicado en 1960 por Alfonso Taracena Quevedo. Por 150 pesos lo compré en una de mis incursiones al bajo y emocionante mundo de las librerías de viejo que abundan en las cercanías de la Catedral de la Ciudad de México.
Antes de continuar, algunos aspectos del famoso “Tara”. Nació en Cunduacán, Tabasco, en 1896, y murió 15 días antes de alcanzar la centuria. Desde niño debutó en el periodismo y es uno de los autores más profusos en textos sobre la Revolución mexicana. A continuación, algunos párrafos del texto en cuestión, donde se descubre la postura de Madero frente a nuestros vecinos y la respuesta de ellos en los días de la Decena Trágica:
«Represento al Partido que lucha en México contra los trust y los monopolios. ¿Cómo pueden ustedes suponer un solo instante que yo accedería a sus demandas e imponer nuevos yugos de esas instituciones a mi país? En cuanto al dinero que me ofrecen, no lo puedo aceptar ni lo necesito» (Madero, 26 de mayo de 1911).
«El Embajador de los Estados Unidos, Henry Lane Wilson, encontró en Madero un carácter. Donde Porfirio Díaz y sus ministros decían sí a todo lo que pidiera el poderoso, Madero se alzaba sintiéndose Presidente de un pueblo soberano” (José Vasconcelos).
«El Departamento de Estado nunca fue muy entusiasta por Madero. Los actos del Embajador Henry Lane Wilson contaron siempre con la aprobación del Gobierno norteamericano” (Huntington Wilson, Subsecretario de Estado de EUA).
«No quiero cargar con la responsabilidad de lo que haga el señor Madero si queda en libertad, pues estoy seguro de que se levantará nuevamente en armas, ensangrentando y perjudicando seriamente al país” (Henry Lane Wilson, Embajador americano).
«Yo creo que la caída del Presidente Madero fue debida a que jamás me consultó en ninguno de los asuntos de su Gobierno” (Henry Lane Wilson a la esposa de Madero, que suplicaba por su vida).
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«No ha caído una mancha más negra en las páginas de nuestra historia diplomática, como son los incidentes que comprenden esa época —la de Madero— en México” (Senador Harrison de Mississippi).
«Realmente, no hay nada que los Estados Unidos no pudieran obtener de Huerta si quisieran. Todas las concesiones, todas las reclamaciones pendientes al través de varias décadas, podrían ser resueltas satisfactoriamente” (Señora O’Shaughnessy, esposa del Encargado de Negocios norteamericano).
Las Escrituras dicen: “Nada habrá que antes no haya habido; nada se hará que antes no se haya hecho. ¡Nada hay nuevo en este mundo!”. Por su parte, Antonio Gramsci, ese marxista muerto por Mussolini, señaló: “La Historia enseña, pero no tiene discípulos”.
Por cierto, a los países grandes les encanta meterse con los pequeños. Si este artículo fuera una novela gauchesca, diría: es ley de la vida.

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