Por: Nancy Cárdenas
Estamos en la recta final del año; así lo hacen saber el calendario, el clima fresco —al menos en la capital de México—, los centros comerciales con todo tipo de mercancías navideñas y, también, las oficinas públicas, donde el servicio empieza a relajarse.
Por ejemplo, hace unos días una persona me comentó que, al acudir a consulta al Centro de Salud que le corresponde, pidió hacerse una prueba de glucosa, de esas que se realizan en clínicas de primer nivel con un pinchazo en el dedo. Sin embargo, el personal que la atendió le informó que las tiras reactivas se habían agotado y que sería hasta el próximo mes de enero cuando volverían a contar con ellas. ¡Glup!
Lo cierto es que, de manera general, todas las personas, empresas, negocios e instituciones públicas entramos en modo “cierre de año”, con la perspectiva de iniciar uno nuevo con mayores oportunidades y mejores resultados. Sin embargo, una buena planeación para el futuro debería tener como punto de partida la evaluación de lo que le antecede, a fin de descartar lo que no funcionó y continuar o reforzar lo que sí generó rendimientos, tanto cuantitativos como cualitativos.
En el caso de las 16 alcaldías, una vez que sus titulares han cumplido su primer periodo de ejercicio —y superado la curva de aprendizaje, en el caso de quienes ocupan por primera vez dicho cargo—, se esperaría que el próximo presupuesto, correspondiente a 2026, se destinara a lo mejor de lo mejor de su administración. Este sería, además, el presupuesto con el que podrían imponer su sello distintivo, ya que será el único que ejercerán de manera completa y representará la catapulta hacia el año electoral de 2027.
En ese sentido, las necesidades de cada alcaldía son diversas y muy diferentes entre sí. Las que están ubicadas al sur de la ciudad presentan los mayores niveles de pobreza y marginación (Tláhuac, Milpa Alta y Xochimilco); en contraste, Miguel Hidalgo y Benito Juárez registran los menores índices de rezago social, educativo y de infraestructura urbana.
Ahora que estamos en el crepúsculo de 2025, los alcaldes deben considerar seriamente las enseñanzas que este año ha dejado, como la escasez de agua y las inundaciones: problemas que quizá deban tener la etiqueta de “problemas para siempre”, pues son estructurales y no admiten remiendos ni tratamientos coyunturales, sino soluciones de fondo.
Otro tema que no podrán eludir es el de la seguridad pública, excusándose en que la responsabilidad recae en otros niveles de gobierno —el de la ciudad o el federal—, ya que estamos llegando a un punto sin retorno: los crímenes de alto impacto están cada vez más cerca de nuestra colonia, pueblo o barrio.
De tal manera que los alcaldes, una vez recorrido el primer tercio de su mandato, deberían incluir en su presupuesto 2026 las soluciones —o al menos los avances— hacia la sociedad que vislumbraron en sus campañas para conquistar el voto. De lo contrario, solo serán simples administradores de problemas, como tantos otros que han pasado por el mismo cargo.
Concilio
En memoria del presidente municipal de Uruapan, Michoacán, Carlos Manzo, asesinado este sábado, quiero recordar la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacían los periodistas en las múltiples entrevistas que concedió a los medios de comunicación:
—¿No tiene miedo de alzar la voz?
A lo que él respondía con elocuencia: “Claro que tenemos miedo; apreciamos la vida…”
Produce tristeza la pérdida de un ser humano y servidor público que, aun sabiendo los límites de su función como gobernante municipal —la base del federalismo—, trabajó para llenar los huecos dejados por la ausencia del Estado.

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