El papa León XIV, un norteamericano que también tiene la ciudadanía peruana, se para frente al mar en Lampedusa y dice: “Los muertos en este mar son víctimas ya sea de decisiones tomadas o de decisiones omitidas. El desinterés por el bien común y la corrupción en los lugares de proveniencia, un sistema económico mundial que genera pobreza y exclusión, el miedo que fomenta prejuicios y desprecio, el pensamiento de que estos problemas no nos competen, los cálculos criminales de quien se lucra a costa del drama, el paso lento y difícil de una mera gestión de las emergencias a la elaboración de políticas orgánicas y compartidas: todo esto reproduce, hoy, el apresurado ‘pasar de largo’ del relato evangélico”.
Mélenchon, el eterno candidato francés, frente al Mediterráneo, pronuncia uno de los mejores discursos de la historia. Solo, en una tarima, pone en silencio a la multitud con las siguientes palabras: “Uno de cada cuatro de nosotros lleva en sus venas la sangre de un antepasado migrante… Escuchen: es el silencio de la muerte. Recorre el mar y sigue los caminos tortuosos por los que han sobrevivido al pillaje y a la violación quienes solo querían escapar de la miseria… Nos corresponde decir que la inmigración es siempre un exilio”.
Hace unos días, la injusta muerte de un migrante no conmocionó al país vecino y, en México, pasó casi desapercibida. Sin embargo, la titular del Ejecutivo, de manera inusitada, pidió la unidad de los partidos políticos para condenar lo sucedido. Es claro que todos nos dolemos de lo ocurrido y, desde nuestras trincheras, protestamos por el trato a los mexicanos. Pero lo que en realidad pedía Morena era el apoyo a la errática política internacional que han seguido los dos últimos gobiernos.
El régimen que instauró López Obrador ha sido un fiasco en casi todo lo que emprende, y los temas de diplomacia y migración no son la excepción. En los motivos del fracaso hay una mezcla de prejuicios, indolencia, ignorancia y mezquindad presupuestal. La crisis va desde funcionarios consulares ineptos hasta la falta de salarios.
El último año del presidente Peña, el presupuesto de la Secretaría de Relaciones Exteriores era, en números cerrados, de 9 mil millones de pesos, que, actualizado por la inflación acumulada, de aproximadamente 40%, equivale a 12 mil millones. El último presupuesto asignó a la SRE 9,294 millones de pesos; hay una pérdida real de más de 3,200 millones, es decir, de entre 22 y 25% del poder adquisitivo. Eso no es todo: el presupuesto destinado al programa de atención, protección y asistencia consular tenía, en 2018, alrededor de 1,159 millones de pesos que, actualizados, equivalen a 1,600 millones; sin embargo, para 2025 el programa ronda los 524 millones.
Hay algo peor: un fondo específico para migrantes retornados, de 300 millones de pesos, fue cancelado por instrucciones de López Obrador. Todo el dinero que se dejó de ejercer para cuidar los intereses de los mexicanos en el extranjero se envió a obras inútiles como el Tren Maya o el Interoceánico. Por desgracia, las cosas no van a mejorar, pues las finanzas del gobierno se encuentran quebradas.
El régimen hace malabares con narrativas para tapar el descuido monumental en términos de diplomacia y protección a migrantes. Pero queda desnudo cuando se analizan los presupuestos.

Más historias
Enviado especial/Rubén Moreira/Artículo
Sin Protocolo / El mundillo de la política
Con todo y Mundial, Clara cae