1 de septiembre de 2026

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Un siglo después, México sigue cantando a Rubén Fuentes, Tomás Méndez y José Alfredo Jiménez

Un siglo ha pasado desde que nacieron Rubén Fuentes, Tomás Méndez y José Alfredo Jiménez, pero bastaron los primeros acordes de sus canciones para comprobar que su música no conoce de tiempo. Durante más de tres horas, el Centro Cultural Roberto Cantoral se convirtió en un enorme coro que cantó, aplaudió y ovacionó de pie las composiciones de tres hombres que hicieron de los amores, desamores, paisajes y sentimientos de México canciones para la eternidad.

“Inmortales: El Canto Eterno de México” reunió al Mariachi Vargas de Tecalitlán “El mejor Mariachi del mundo”, a Rosy Arango y a Luis Alfredo Jiménez “El Nieto del Rey”, bajo la conducción de César Costa, para conmemorar una extraordinaria coincidencia: Rubén Fuentes, Tomás Méndez y José Alfredo Jiménez nacieron en 1926 y este año se cumple el centenario de sus natalicios.

Con la fuerza de trompetas, violines, guitarras, vihuelas y guitarrón, el Mariachi Vargas se convirtió en la columna vertebral de un recorrido por buena parte de la memoria musical mexicana. “La Bikina”, “Cien años” y “Qué bonita es mi tierra” trajeron al escenario el legado de Rubén Fuentes, cuya historia estuvo profundamente ligada a la agrupación y a la transformación del sonido del mariachi.

Después aparecieron las historias y personajes de Tomás Méndez. “Paloma negra”, “Huapango torero”, “Leña de pirul” y otras de sus composiciones fueron recibidas por un público que, lejos de permanecer como simple espectador, acompañó las interpretaciones y convirtió por momentos el recinto en un coro multitudinario.

Y cuando llegó el turno de José Alfredo Jiménez, las canciones parecieron pertenecer también a cada persona que ocupaba una butaca. “Si nos dejan”, “La media vuelta”, “Camino de Guanajuato”, “Amanecí en tus brazos”, “Un mundo raro” y “Que te vaya bonito”, entre otros clásicos, fueron cantados por asistentes que conocían las letras y las hacían suyas como si hubieran sido escritas para contar sus propias historias.

La respuesta se mantuvo durante toda la velada. Hubo aplausos prolongados, gritos, ovaciones y espectadores que se levantaron de sus asientos para reconocer al Mariachi Vargas y a los intérpretes. Las generaciones se mezclaron alrededor de canciones escritas décadas atrás, pero capaces todavía de provocar la misma emoción.

Entre los asistentes se encontraban familiares y amigos de los homenajeados, lo que añadió un carácter particularmente íntimo a la celebración. Tomás Méndez Jr. y José Alfredo Jiménez Medel compartieron historias, recuerdos y anécdotas sobre sus padres, permitiendo acercarse por unos momentos a los hombres que existieron detrás de dos nombres fundamentales de la música popular mexicana.

La presencia del Mariachi Vargas tuvo además un significado especial. La trayectoria de Rubén Fuentes estuvo estrechamente vinculada con la agrupación, de la que fue pieza fundamental en su evolución musical. Su trabajo como compositor, arreglista y director artístico contribuyó a construir una sonoridad que llevó al mariachi a escenarios de México y del mundo, además de entrelazar su historia con las obras y grabaciones de José Alfredo Jiménez y Tomás Méndez.

Así avanzaron más de tres horas de música y recuerdos hasta llegar a uno de los momentos más emotivos de la noche.

Rosy Arango tomó el escenario para interpretar “Cucurrucucú paloma”, una de las composiciones más emblemáticas de Tomás Méndez. Acompañada por el Mariachi Vargas, su interpretación fue recibida con una prolongada ovación y se convirtió en uno de los momentos que marcaron el cierre del homenaje.

Después llegó “El Rey”.

Luis Alfredo Jiménez “El Nieto del Rey” asumió la interpretación de la canción más emblemática de su abuelo, José Alfredo Jiménez. La escena adquirió entonces un significado especial: una nueva generación de la familia cantaba una obra escrita décadas atrás, mientras el Mariachi Vargas la envolvía con su sonido y buena parte del público acompañaba desde sus lugares.

Las voces se multiplicaron por El Cantoral. Llegaron los aplausos, las ovaciones y nuevamente hubo quienes se pusieron de pie para reconocer a los intérpretes.

Habían transcurrido poco más de tres horas, pero nadie parecía tener prisa por marcharse. Por el contrario, la sensación entre los asistentes era que todavía quedaban canciones por escuchar y recuerdos por compartir.

Porque aquella noche no se celebraron solamente tres centenarios. Se confirmó algo mucho más sencillo: mientras alguien siga cantando “La Bikina”, mientras vuelva a escucharse el lamento de “Cucurrucucú paloma” y una nueva generación levante la voz para cantar “El Rey”, Rubén Fuentes, Tomás Méndez y José Alfredo Jiménez seguirán formando parte de la memoria musical de México.

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