Por: Nancy Cárdenas
Es inevitable para este espacio de opinión abordar el tema de la gentrificación en la Ciudad de México, dado que, en lo que va de este mes de julio, se han realizado dos marchas de protesta en contra de este fenómeno urbano. Además, el miércoles pasado, la jefa de Gobierno, Clara Brugada, anunció un paquete de 14 medidas para regular el precio de la vivienda, evitar los desalojos y garantizar el derecho a la ciudad.
Pero resulta aún más interesante que la marcha de este domingo se haya realizado muy al sur de la ciudad, del Metrobús Fuentes Brotantes a la estación El Caminero, en contrasentido de las múltiples protestas que comúnmente se convocan hacia el centro, donde se asientan los poderes del Estado.
Esta vez, a las demandas se sumó la cancelación de un megaproyecto inmobiliario en el pueblo de Santa Úrsula Xitla, alcaldía Tlalpan, con el agravante de que se está construyendo sobre un área natural protegida y dentro de un pueblo originario.
Así que no solo son las colonias Roma, Condesa o Doctores las que están sufriendo presión inmobiliaria, sino que se trata de una onda expansiva que ha alcanzado zonas que, hasta hace unas décadas, estaban olvidadas por los gobiernos centralistas de la ciudad.
Si bien es cierto que el tema de la gentrificación no es nuevo, lo relevante es que estos dos acontecimientos de protesta social y la respuesta del gobierno capitalino con la publicación del Bando 1 han revivido el debate.
En la amplia literatura disponible sobre el tema, encontré en el texto “Gentrificación y turistificación: origen común, efectos diferentes” (2021), de Adrián Hernández Cordero, que los puntos donde coinciden los académicos para conceptualizar la gentrificación son: la inversión de grandes capitales en ciertas zonas de la ciudad, con el respaldo empresarial y, por lo general, de políticas urbanas hechas a la medida por los poderes institucionales.
Como consecuencia, los vecindarios tradicionales sufren mutaciones en su estructura social y comercial, hasta el extremo del desplazamiento de los antiguos residentes por el encarecimiento de las rentas, los bienes y los servicios.
Turistificación
Para los oídos puros de los operadores turísticos y de los funcionarios de gobierno relacionados con esta actividad, no gusta la palabra “turistificación”, porque es un concepto acuñado por los estudiosos para señalar las consecuencias ambientales y sociales que genera el turismo en determinados sitios.
La turistificación se observa, en mayor medida, en zonas con alto valor patrimonial o de interés turístico. Por ello, la actividad turística demanda servicios que deben ser cubiertos y, en muchos casos, se satisfacen al margen de la reglamentación.
La riqueza cultural y los bellos paisajes de un sitio lo hacen atractivo para visitantes que buscan experiencias únicas y fuera de lo convencional. Por eso, pernoctar dentro del área visitada forma parte del atractivo.
Al respecto, Adrián Hernández Cordero señala que una mayor presencia de visitantes foráneos, en combinación con el auge de plataformas digitales de alojamiento temporal, conlleva una inevitable adaptación de la vivienda al sector turístico y, por ende, el desplazamiento de población y el vaciamiento de barrios, debido a la redituable renta de espacios para población flotante.
No olvidemos que los fenómenos sociales se gestan lentamente, hasta que se hacen identificables. Por ejemplo, en Xochimilco, un visitante puede hospedarse en un Airbnb ubicado cerca de la zona turística para, al amanecer, dirigirse a los canales y chinampas a bordo de un kayak, y después de la desmañanada, desayunar un tamalito gourmet.
Esta forma de consumo turístico ha sido impuesta por variables externas al pueblo de Xochimilco, por lo que las autoridades locales y centrales debieran poner atención antes de que las consecuencias sean irreversibles para el tejido social y para el entorno ambiental y patrimonial de la demarcación.
¿Qué opina usted, querido lector?


