Para llegar al poder, López Obrador polarizó y dividió a México. Le declaró la guerra a medio mundo y, en particular, a sus fantasmas. Abundan en el bando del gobierno y su partido los fanáticos, ignorantes, improvisados y resentidos. Eso sí, cuando se requiere cautela, no falta quien, armado de un celular, se pone a pontificar desde su lujoso chalet, ni quienes se pasean por el mundo y se meten a tiendas de alta gama.
La patria es grande y los neoliberales dejaron una buena cantidad de “guardaditos” para blindar la economía. Pero todo por servir se acaba y los sueños de adolescencia no bastan para enfrentar al mundo real. El Ejecutivo federal tiene retos no vividos en las últimas décadas, y que parece no se comprenden por sus asesores y compañeros de aventura.
No es un secreto que los vecinos del norte viran hacia el reencuentro con su esencia y asumen lo externo como un peligro. El mundo se divide y el dragón manda un duro mensaje con la referencia a la “trampa de Tucídides”.
Mientras tanto, México no crece y su gobierno se encuentra quebrado. La propuesta de desarrollo de Morena nos restó competitividad y nos alejó de la suficiencia energética y alimentaria. Somos frágiles en el mundo de la diplomacia y el discurso permisivo en materia de seguridad nos inundó de violencia y colocó al país en una posición débil frente al poderoso y poco amable vecino del norte.
La salida no es difícil de descubrir, pero requiere destreza para tener éxito. La ruta pasa por dejar a un lado la arrogancia y asumir los errores. Se tienen que reconstruir las instituciones, reiniciar el diálogo con la mitad del país y tomar decisiones científicas dentro del contexto mundial.
Es urgente:
Primero. Un nuevo gabinete con personajes a la altura de las circunstancia y no fanáticos políticos que, al buscar complacer, reafirman errores; se requieren experiencia, conocimiento y lealtad a México.
Segundo. Un mensaje de certeza. Echar atrás la reforma al Poder Judicial, reactivar contrapesos y garantizar elecciones limpias sería un comienzo contundente.
Tercero. Detener los dispendios y malas prácticas heredadas por López Obrador. El déficit terminará si se frena el derroche y la economía crece. El Estado no puede hacerlo todo y la costumbre de Morena de espantar a los inversionistas no ayuda en estos días de sequía en obra y empleo.
Cuarto. Urgen energía y alimentos. En el primer caso, hay que generar cambios en la legislación para incentivar la inversión en el sector. En el agro se debe activar el crédito a los productores, financiar obras de infraestructura y adoptar los avances de la ciencia.
Cinco. Se impone la necesidad de una agenda de seguridad, y estareclama acuerdos: uno con América del Norte y otro con las partes de la federación. En el régimen interno se requiere una ruta a mediano y largo plazo para resolver los galimatías que armó el gobierno anterior en esta materia.
Sin duda, hay rubros que también tienen urgencia de ser resueltos, sobre todo en salud y educación. Su atención demanda un análisis especial, pero la respuesta, en muchos casos, pasa por algunos de los puntos anteriores.
Eso sí, el publicista tenía razón: López Obrador es un peligro para México.

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